Cuando decido salir a hacer cualquier diligencia de manera física es porque ya no hay más opciones, pues ante esta pandemia, cuando me toca salir, NI YO ME AGUANTO; me pongo histérica, siento un pánico indescriptible al estar fuera de mi casa, siento que todo puede estar contaminado, desinfecto absolutamente todo y me unto gel antibacterial cada dos segundos, soy una germofóbica con un toque de agorafóbica cualquiera.

Hace unas semanas, me dirigí a una empresa de servicios luego de hacer una reclamación por un aumento injustificado en mi facturación, casi al 100% de lo que acostumbro a pagar en todos los años con el servicio, creo que hasta donde sé, estaba en mi derecho.

Pero cuando llego a la oficina en cuestión, el empleado que me atendió se notaba indispuesto por decirlo de alguna manera y yo entendiendo perfectamente lo difícil del trabajo al servicio al cliente y que en esta situación debe ser peor, asumo que el joven está cansado, está casi llegando la hora de cerrar, debe estar harto de oír quejas.

Explico mi reclamación (por enésima vez) y automáticamente me responde que no puede hacer nada, no me da opciones, NADA y en cambio procede a preguntarme con toda la ironía y burla que usted se puede imaginar en la cara de un individuo: “¿Y usted está reclamando por tan poco dinero?”

Sentí el corazón caer de golpe a mis pies, sentí indignación, angustia, tristeza, eso fue lo que más sentí; pero mantuve la calma y le contesté, sacando fuerza de debajo de los pues para no llorar: “Ese es un comentario muy fuera de lugar”.

Mi pareja, que no acostumbra a eso, en este hogar la malgeniosa soy yo, le dice que le busque a un superior para continuar con la reclamación. Cabe destacar que el joven en ningún momento ha dejado de hacerme gestos, muecas o de reírse.

Le digo, mirándolo directo a sus ojos verdes, que él estaba en el trabajo equivocado, que de servicio al cliente él sabía muy poco. La encargada llega y lamento decir que tiene la misma actitud, le explico el comentario que el joven acaba de hacer y ella me responde: “Yo no lo escuché …. ¡¿QUÉ?! ¿Eso es de verdad lo que usted me va a responder?

Nadie sabe la situación de nadie y el año pasado, a mí no me sobraban ni 25 pesos, porque caras vemos, pero situaciones no conocemos.

Yo risueña, haciendo chistes en mis redes, posteando contenido, haciendo maestrías de ceremonias, dando clases y trabajando mucho, me vi en momentos muy oscuros en los que pensé que no saldría adelante y quizás su comentario me hizo recordarlos.

Ahora, no me faltan, tampoco me sobran, pero sé que de la misma forma que en un momento yo no los tenía, hay miles de personas que tampoco, quizás tú que me lees, has tenido momentos difíciles en los que apenas te ha alcanzado para alimentarte y te mantienes fuerte ante la vida.

Las apariencias engañan y como le dije al joven, yo quizás tenga pinta e’ rica, pero no lo soy.

Que la moraleja de esta historia sea esa, caras vemos, situaciones desconocemos, tienes toda una vida escuchando eso de no juzgar el libro por su portada, pero sigues viéndote ante situaciones en que lo haces.

Si la vida ya traía sus complicaciones, este año 2020 trajo consigo todas las pruebas que podían faltar, por eso ahora más que nunca debemos ser empáticos, dejar de creer que conoces todo sobre alguien por el simple hecho de verle unos cuantos segundos o porque le sigues en las redes.

Quizás esos pocos pesos por los que yo, justamente reclamaba, era el equivalente a toda una semana de alimentación en mi presupuesto, o era todo lo que tenía para el mes, quizás no era mi caso particular, pero sí el de muchas otras personas que se ven ante una situación similar.

Cada día, aproximadamente siete billones de personas experimentarán su vida desde perspectivas diferentes, porque otra vez, caras vemos, situaciones no sabemos.

“Normalicemos no necesitar saber por lo que esté pasando alguien para ser amables y compasivos”. Eunique.